“NO QUIERO MÁS APLAUSOS”


 

Cada noche a las 21, todo el país sale a sus balcones, ventanas y terrazas a aplaudir al sistema de salud por su trabajo para combatir la pandemia del coronavirus. Sin embargo, ese gesto no llega a todos los médicos por igual. Algunos están cansados por las miserias que deben enfrentar, y se frustran ante la realidad que deben vivir en sus puestos de trabajo.

Ese es el caso de Laura Cortés, médica del Hospital General de Agudos Dr. Enrique Tornú y de Flemes, del barrio de Villa Urquiza. En una carta que difundió la profesional fue precisa a la hora de escribir la realidad que observa.

Esta no es la primera carta que escribe una médica al sistema político en medio de la crisis del coronavirus. La semana pasada, Estefanía Mazza Diez, una médica cirujana del Hospital Materno Infantil de Mar del Plata, difundió otra dirigida al presidente Alberto Fernánez en la que pidió aumentos de salarios para el personal de salud, y resaltó: "Amar lo que hacemos no es sinónimo de caridad".

 

LA CARTA DE LAURA CORTÉZ

 

La falta de respeto por nuestra integridad y dignidad es inconcebible. Los políticos, ministros, asesores, gremialistas hablan, hablan, hablan.

Mientras tanto nosotros, los trabajadores de salud, sufrimos, nos enfermamos, tenemos miedo, empezamos a morir. No quiero más aplausos, no los quiero. Quiero que me respeten, que me cuiden, que me valoren. Carteles, propagandas televisivas y radiales, volantes por doquier. Hablan, opinan, nos señalan, nos culpan.

Mientras tanto nosotros, los de la primera línea, empezamos a caer. Para algunos el brote está dominado, la curva aplanada, "estamos ganando". Para nosotros no hay barbijos, no hay camisolines, no hay máscaras, no hay escenarios seguros de trabajo, no hay test, no hay paz. Para nosotros no hay piedad, somos esclavos desnudos expuestos en la arena de un circo romano. Los políticos, dueños de una verba y una soberbia única hoy se atreven a hacernos responsables de los contagios en nuestra población. Qué triste y pobre papel, qué mirada abyecta y miserable.

Dejen de hablarle a la población, acérquense a nosotros, vean en qué condiciones trabajamos, en que soledad y desesperación. Escribo estas líneas y se me oprime el pecho, se me anuda la garganta. Escucho y leo la inmensa desesperación de mis compañeros, veo el miedo en sus rostros, escucho el temblor en sus voces.

No necesito, no quiero más aplausos, me enojan.

No quiero más comunicados de mi gremio. No quiero más declaraciones ni discursos. No quiero una placa que diga aquí descansa una heroína ni ser veterana de una guerra a la nos mandaron sin pertrechos, no quiero ver sufrir a mis compañeros de todos los días, no quiero llorarlos. Soy tan simple, tan sencilla que sólo quiero volver a mi casa y abrazar a los míos, sabiendo que lo puedo hacer porque alguien decidió ser digno del cargo que enarbola y se puso a mi lado y me cuidó y se ocupó de darme toda la seguridad posible para que hiciera lo único que sé hacer, lo único que elegí, lo único que amo: ser médica.

 

 

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