LES OTRES MISERABLES


 

Así como el presidente Alberto Fernández llamó miserable a Paolo Rocca, por desvincular a 1450 trabajadores en medio de la crisis global generada por el coronavirus, también debería llamar miserables a los funcionarios de su gobierno que están al frente del Ministerio de Trabajo por haber respaldado finalmente los despidos, a pesar de que rige un decreto que le impide al empresario tomar tan drástica medida.

En medio de los dimes y diretes parece ser que se han filtrado ciertas cuestiones de un pasado no muy lejano que si lo desconocemos nunca vamos a llegar a la conclusión de que en esta trama no existen héroes, pero abundan los villanos.

La denunciada negociación entre los gobiernos de Argentina (CFK), Venezuela (Chávez) y la compañía Techint (Rocca) culminó en mayo de 2009, luego de acordar la indemnización por la estatización de Siderúrgica del Orinoco (Sidor) en 1.970 millones de dólares. Un tiempo atrás Rocca había pedido cotizar la empresa y según consta valía 1.500 millones, sin embargo Paolo terminó cobrando 1.970 millones. De la diferencia, sin entrar en los detalles que refleja el expediente judicial, Rocca terminó recibiendo 170 millones extra y los restantes 300 millones de dólares, del sobreprecio, fueron “embolsados” por los K. Muy patriota en sus discursos el bolivariano Hugo, pero a la hora de hacer negocios con la plata y los recursos naturales de los venezolanos, como en tantas otras ocasiones, no tuvo ningún pudor de borrar con el codo lo escrito con la mano.

De “les otres miserables” que no estoy diciendo nada -hasta acá aparecieron unos cuantos de alto vuelo- no pienso olvidarme. Me parece injusto dejar afuera a otros que merecen al menos una mención en el reparto de esta película que bien podríamos titular “La gran farsa nacional”.

En primer lugar es necesario “deconstruir” el significado de miserable, al menos en cuanto a lo que la RAE señala. No se trata de aquel que vive en la extrema pobreza, del desgraciado, del infeliz, como tan prestigiosa academia define. Voy a referirme al miserable que en el uso coloquial del castellano aplicamos como sinónimo de “hijo de puta”, es decir, cuando hacemos uso del adjetivo, lisa y llanamente, como insulto.

En la lista de les otres miserables corresponde incluir al famoso conductor televisivo que aprovechándose de información confidencial por su cercanía al gobierno, además de romper la cuarentena con un vuelo privado, decidió refugiarse, y pasar estos días en que muchos la remamos crudamente, en una opulenta mansión construida en un terreno fiscal, ahora de su propiedad, arrebatado a una comunidad originaria. https://www.radiowox.com/…/425-tinelli-pasa-la-cuarentena-e… 

La lista de miserables la podemos engrosar con el ministro que dijo: “No hay ninguna posibilidad de que exista coronavirus en Argentina”, el mismo ministro que días después la canchereó diciendo “No es necesario tanto temor”, y que finalmente, ante la grotesca evidencia de sus desacertados pronósticos -el número de muertos, de infectados, las preocupaciones en las altas esferas del gobierno por contar con los elementos sanitarios antes que se dispare el grueso de la pandemia y todos estos días de “estado de sitio sanitario”- terminó diciendo “Yo no creía que el coronavirus iba a llegar tan rápido, nos sorprendió”.

Otro de los protagonistas de la lista de “La gran farsa nacional” que no podemos dejar pasar por alto es al director de la ANSES, que luego de que millones de argentinos nos horrorizáramos al ver cómo se expuso a otros millones de argentinos a infectarse, en este caso a los jubilados, el grupo de mayor riesgo, abarrotándolos en las puertas de los bancos, sin ponerse colorado admitió que el resultado “era absolutamente previsible”. Absolutamente indica el máximo grado posible de que sea así, y previsible, básicamente significa que puede ser previsto. En esta ocasión más que en las anteriores valga mi previa aclaración de que estoy haciendo uso del adjetivo miserable como sinónimo de hijo de puta.

Sobre el final del guion de “La gran farsa nacional” crece el protagonismo del ministro de desarrollo social, que a pesar de las restricciones decretadas por el mismo gobierno del que forma parte en cuanto a los precios máximos, pagó una millonada de más por paquetes de azúcar, litros de aceite y fideos marcas “Pindonga y Cuchuflito”, destinados a llevarle un alivio a los sectores más vulnerables mientras dure la cuarentena. Las "sospechas" que genera el accionar del ministerio, están fundadas en que todos los productos en los que se pagaron exorbitantes sobreprecios fueron acordados con el mismo empresario, sin licitación previa, e incluso sin tener en cuenta que una de las empresas había sido clausurada por la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica) luego de encontrar restos de insectos en la masa de los productos que distribuía en el mercado.

Cuando comenzamos a suponer que nos acercamos al desenlace de esta película de terror, la trama pega un giro y adquiere protagonismo la titular del PAMI que irrumpe insultando, tratando de ignorantes y de mentirosos a los medios, a los denunciantes y a los argentinos indignados por su nefasto accionar, luego de que tomara estado público que había comprado alcohol en gel a un costo muy por arriba de los precios máximos decretados, cuestión que hizo que la contratación terminara en una investigación judicial. Me refiero a la misma persona que apenas asumió decidió despedir a 400 trabajadores que prestaban servicios en la obra social de los jubilados y pensionados. Más allá de sus amenazas, insultos y arrebatos, cuando sobradas pruebas expusieron que la operación se había realizado con la “desprolijidad” que consta en la denuncia, reconoció que había pagado un valor muy por arriba del que se consigue en las farmacias.                                                                                                      

Existe la posibilidad de que este artículo “desaparezca” del portal que lo publicó, y de las redes sociales y muros de los usuarios que lo compartieron. La permanencia del mismo no depende de la evaluación que realice la Comisión Asesora de Exhibiciones Cinematográficas, acerca del contenido de “La gran farsa nacional”, en este caso queda a disposición del criterio aplicado por aquellos que llevan adelante el “ciberpatrullaje” que avala el Ministerio de Seguridad de la Nación, según palabras de la ministra, para “detectar el humor social”. La antropóloga que está al frente del ministerio había amenazado con decretar el estado de sitio el 20 de marzo -cuestión que obligó al presidente a salir a aclarar inmediatamente que no avalaba la medida- días después terminó reconociendo que nos espía, sin considerar que más allá de atentar claramente contra nuestros derechos más básicos y elementales, está pasando por arriba la palabra escrita en la Constitución Nacional y en una serie de tratados internacionales.                                                                                   

Marcelo Tinelli, integrante del Concejo contra el hambre, convocado a horas de asumir por el presidente Alberto Fernández, Ginés González García, Ministro de Salud de la Nación, Alejandro Vanoli, Director ejecutivo de la Administración Nacional de la Seguridad Social, Daniel Arroyo, Ministro de Desarrollo Social, Luana Volnovich, Directora ejecutiva del PAMI y Sabrina Frederic, Ministra de Seguridad de la Nación, forman parte de un grupo de “miserables” que no han hecho más que erosionar la imagen de un presidente que en medio de una crisis económica, institucional, política y social, evaluada como una de las más complicadas que tenemos que atravesar, y sumándole dramatismo a todo esto una inédita pandemia global, que no concede el mínimo margen de error, ha demostrado contar con la templanza, capacidad e inteligencia necesarias para unir bajo un mismo objetivo a un pueblo, hasta ahora, desquiciadamente fragmentado.

Más allá de las discrepancias que por momentos nos plantan en veredas diferentes, presidente Alberto Fernández, le pido que no deje de remar, le deseo que el éxito lo acompañe, usted tiene el timón de este barco en el que navegamos 47 millones de argentinos. Que el accionar de un minúsculo grupo de miserables hijos de puta que no paran de hacer olas no lo disperse del objetivo final. Lo saluda atentamente Daniel Pollini. Usted haga, yo “me quedo en casa”.


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