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22 Noviembre 2017

CHARLY GARCIA/RANDOM


por Daniel Pollini

 

Me involucré en un ritual de antaño, a tal punto que lo compré en Musimundo, en el local de Rioja y San Martín, un lugar que musi prácticamente ya no vende, pero sí mercadea todos los electrodomésticos del “mundo. Un sitio donde la música se transformó en un estante lleno de polvo en el rincón más olvidado del salón. Para no sabotear el ritual, también como en tiempos pasados, pagué en efectivo.

Luego crucé parte de la ciudad para llegar hasta la maravillosa PG 300 que tengo en el living, aquel producto que Technics puso en mis manos a mediados de los 90, y con el que libramos miles de batallas en las que el oído cayó de rodillas ante la genialidad de los astros que más brillaron después de apoyar mi índice sobre el “play”.

En el viaje hasta casa sentí cierta aflicción, congoja, un poco de inquietud, todo aquello que pueda formar parte de la definición de angustia pasaba por mi cuerpo. Tenía la sensación de estar despidiéndome de uno de los “superhéroes” de mi infancia. Los últimos acontecimientos, las internaciones, verlo tan frágil y hasta ayudado por alguien a la hora de desplazarse me generaba esa sensación, temor, presentir que ya queda poco, y a la vez caer en la cuenta de que mi egoísmo y mi pasión son los que no me permiten aceptar y soltar, lo quiero eterno, Charly forever.

Así como cuando en medio de una intensa lluvia a través de una grieta entre las nubes asoma el sol fue lo que sentí cuando comencé a escuchar el disco. Todo lo que me inquietaba desapareció, lo que suponía de este hombre luego de un par de acordes perdió toda consistencia. La máquina de ser feliz inmediatamente alcanzó su objetivo en mí.

A Charly se lo escucha más entero de lo que uno imaginaba, también suena inspirado y música es lo que realmente abunda en todas la canciones… “Siempre estaré pronto a renacer, porque hoy yo estoy más joven que ayer”.

No es necesario pecar de ingenuo, la voz de la hija menor de Palito y Evangelina es la que termina de redondear muchas de las frases de García, pero eso no le resta mérito, me reencuentro con ese artista que en miles de ocasiones derrochó esplendor. Un tanto menos inspirado, pero sin dejar de observar “lo que pocos quieren ver”. Desafiante como siempre:"Ahora que estoy rehabilitado saldré de gira otra vez, me encerraran cuando se acabe y roben lo que yo gané", crítico: “Toda esta mierda sucedió el día que Tinelli nació”, y divertido en ocasiones al rimar: yo la vi un día transportando un vinilo, me hizo acordar un poco a Fabi Cantilo”.

Salvo la pista 7, “Believe”, en donde el trasandino “Toño” Silva se hace cargo de la batería, el repicar de los parches está meritoriamente comandado por Fernando Samalea. La guitarra de Kiuge Hayashida Soiza, también chileno, aparece sólo donde la obra lo demanda. Todo lo demás fue pulsado por García.

Estoy feliz, el disco supera las expectativas por donde se lo mire, la llama del “constant concept” que comenzó a arder en 1996 no se apagó, aunque en esta ocasión predominan las canciones

El cuarteto de Liverpool, referencia presente en buena parte del legado de García, tenazmente aparece en el final de este álbum: I wanna hold your hand, she loves you yeah yeah yeah”.

Un álbum dedicado a dos guitarristas que se extrañan mucho, María Gabriela Epumer, “la viuda” que un paro cardiorrespiratorio nos arrebató en 2003, y Carlos García López, que en la primavera de 2014 se accidentó manejando sobre el asfalto de la 76.

La máquina me dio lo que supliqué, volví a reír, y mientras nado en mares de Ravel, le sigo rindiendo culto a él, porque desde siempre formé parte de los fieles de la Iglesia del Pescado.

 

 

El tiempo en Rosario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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